
El surco que le deja el elástico de la media en el tobillo a mi viejo tarda horas en borrarse, viste. No le duele, dice él, pero a mí se me pone la piel de gallina cada vez que se lo veo marcado así, como si la pierna fuera de plastilina blanda. Ahí empecé a prestarle atención de verdad a la hinchazón, a la circulación de sus piernas, a la movilidad reducida que le fue quedando, y a todo lo que se dice en el barrio sobre la salud de los ancianos y el cuidado en casa sin saber mucho, la verdad.
Elevar las piernas para mejorar la circulación
Mi vecino de al lado, el que cultiva un huerto en el fondo de su casa, me lo dijo una tarde mientras me regalaba unos zapallitos: que la hinchazón en las piernas de un viejo que ya casi no camina es cosa de la edad no más, que ahí no hay mucho para hacer. Antes pensaba parecido, la verdad. Pero no es así, o no del todo: hay cosas concretas que cambian la cosa, aunque mi viejo pase casi todo el día sentado en el sillón, y ninguna de ellas es tenerlo con las piernas para arriba de la mañana a la noche.
Allá en Villa Allende, cuando todavía vivía solo en su casa, caminaba sus cuadras todas las tardes sin que nadie se lo pidiera. Acá, con el patio más chico y el frío cordobés que aprieta distinto, se le fue pegando al sillón, y las piernas empezaron a resentirse. Pensé, como el vecino, que bastaba con tenerlo elevado un buen rato. El kinesiólogo me sacó de ese error enseguida: si los músculos de la pantorrilla no hacen nada en todo el día, se van debilitando más rápido, y eso a la larga empeora las cosas en vez de mejorarlas. Hay toda una rutina de ejercicios sentado que sirve para esto, pero esa ya es otra historia.
La sal que no se ve
El médico fue el que marcó la cancha con la sal. Nada de mandarle sal como si fuera para un batallón, como hacía yo antes sin pensarlo. Empecé a usar más orégano, un poco de pimentón, y a esconder el salero en la alacena de arriba. Al principio protestaba, decía que la comida estaba lavada, pero con el tiempo se acostumbró y ahora ni lo nota.
Tomar agua en su justa medida también entra en la ecuación, aunque eso de la hidratación diaria sea tema para otro día. Lo que sí les puedo asegurar es que bajar la sal, solo, no le bajó la hinchazón de un día para el otro; fue una pata más de varias, no la solución mágica que uno espera.
Lo que el médico manda, no lo que uno inventa
Las medias de compresión se las indicó el médico en la consulta, no las elegí yo por mi cuenta en cualquier farmacia. Ir a esas visitas con él es toda una novela aparte, acompañar a los ancianos a citas médicas te lo digo yo, que ya perdí la cuenta de las veces que salimos tarde porque se le complicó levantarse del auto. Ponerle esas medias a un hombre de ochenta años es como intentar meterle el pie a un guante de látex dos talles más chico, pero una vez puestas, la diferencia se nota.
El masaje con crema de árnica es otra cosa que agregué, siempre con lo que me indicó el kinesiólogo, nunca inventado por mí a ojo. Se lo hago todas las tardes antes de que se duerma, más que nada para que la piel no se le reseque, porque la tiene fina como papel de fumar de tanto estar sentado. Ese cambio en la piel por la falta de movimiento es otro capítulo aparte, y el pastillero semanal también tiene lo suyo cuando entran de por medio remedios para la presión o el corazón, pero esa es otra conversación.
Moverlo a pesar de la movilidad reducida
Incluso sentado frente al noticiero, le pido que mueva los pies, punta y taco, como si estuviera acelerando un auto viejo. No hace falta que camine una cuadra entera; con que lo haga un ratito en cada tanda de publicidad alcanza. Hubo un tramo en que el médico le recetó unas pastillas para dormir que lo dejaban aturdido todo el día siguiente, y esos días ni loco se acordaba de mover un pie: se quedaba más tiempo todavía pegado al sillón, y las piernas se le notaban peor a la noche. Ahí entendí que si no se mueve de día, duerme peor de noche, y lo que aprendí sobre problemas de sueño en ancianos tiene mucho que ver con cuánto se mueve durante el día.
El equilibrio fue lo que más me sorprendió, más que las piernas en sí. Hace poco el kinesiólogo le vio algo que a mí se me había pasado por alto: salió solo hasta el pasillo sin agarrarse de ningún lado, y el hombre me dijo que eso también venía de moverse más durante el día, no solo de las piernas menos hinchadas. Mejor equilibrio significa menos miedo a las caídas, aunque prevenir una caída sea charla para otro artículo. Las tardes en que pierdo la paciencia con las medias o con sus quejas, esto es lo que me hace acordar que vale la pena insistir; ese cansancio de cuidador que a veces me gana también tiene su propio capítulo, pero no es este.
Cuándo dejar de probar en casa y llamar al médico
Si la hinchazón aparece de un solo lado, o si la pierna se pone roja, caliente y le duele al tacto, ahí no hay masaje ni media que valga: hay que llamar al médico o directamente a una emergencia, porque puede ser otra cosa más seria. Para el día a día, lo que nos viene funcionando es la combinación de las tres cosas, menos sal según lo que indicó el médico, las medias que recetó, y que se mueva aunque sea sentado, nunca una sola de las tres sola.
En estos dos inviernos cuidándolo aprendí que no hay atajo que reemplace esas tres cosas juntas. Antes de apagar la cocina me asomo al pasillo, y un hilo de luz amarilla se le escapa por abajo de la puerta, señal de que el velador quedó prendido y él ya cayó dormido. Incluso en los días en que todo parece ir para atrás, como cuando lo que sirve para el estreñimiento deja de funcionar de un día para el otro, mantenerle las piernas sin tanto dolor le cambia la cara. Me voy a cebar otro mate, que mañana hay que volver a pelear con las medias de compresión.