
El chirrido de la goma del andador llegó solo hasta la cocina. No hubo pasos míos atrás, ni la pregunta de siempre sobre si estaba bien: nomás la goma rozando la baldosa y después el silencio de alguien que se sienta a esperar el mate. Ocho semanas atrás ese mismo sonido me hubiese sacado corriendo del cuarto. Cuidar en casa a un padre que ya no camina como antes enseña a distinguir un silencio bueno de uno que te aprieta el pecho, y este era de los buenos: la autonomía chiquita de cruzar un pasillo solo, sin que nadie lo agarre del brazo. La salud geriátrica de mi viejo no se juega solo en el consultorio, viste; en esta convivencia familiar de todos los días también se juega, pasillo por pasillo.
Antes de seguir: en este cuaderno vas a cruzarte con algún que otro enlace. Si te anotás en algo desde ahí, a mí me queda una comisión y a vos no te sale ni un peso más. Solo dejo lo que de verdad me sirvió acá en casa con mi viejo, que no es poco.
La negativa a pedir ayuda
Soy cerrajero, viste. Me paso el día destrabando combinaciones y metales que no quieren ceder, pero con mi viejo ninguna herramienta del bolso sirve de nada.
Lo encontré sentado a oscuras en la cocina una noche de esas en que el frío se mete temprano. No había prendido la luz porque ya no llegaba bien al interruptor sin tambalearse, y prefirió quedarse quieto ahí, esperando que se le pasara solo, antes que llamarme. Entendí, mirándole esa espalda encorvada contra la ventana, que aceptar una mano no era el problema: el problema era lo que esa mano significaba, que se le estaba yendo un pedazo de autonomía de un tirón.
Elegir qué andador con ruedas comprarle no fue lo difícil; lo difícil fue lograr que lo usara. Lo dejó parado en el pasillo como un auto que no pensás volver a arrancar, y cada vez que intentaba caminar solo, terminaba chocándolo contra el marco de la puerta con bronca, para no tener que apoyarse. Alguna vez pensé en la ayuda a domicilio para aliviarme algunas tardes, pero él lo tomó como si le estuviera por entregar la casa a un desconocido, así que por ahora seguimos los dos solos con esto.
Le saqué la sal de la dieta y no sirvió de nada
Le saqué la sal casi por completo de la comida apenas se vino a vivir conmigo, convencido de que así lo cuidaba mejor: menos sal, menos riesgo, menos susto. Él protestaba con cada cucharada del guiso sin gracia y yo se lo atribuía a la maña de viejo.
En la última consulta, el médico me dijo, medio de pasada mientras guardaba el estetoscopio, que tanto control con la sal ya no hacía falta, que con moderación alcanzaba y que le estaba sacando el gusto a la comida por las dudas nomás. Ahí entendí que cuidar de más también es una forma de no cuidar bien: uno se agarra de una regla estricta porque le da la sensación de estar haciendo algo, aunque ese algo ya no sirva para nada.
Cuidar en casa sin jugar al enfermero
Al principio confundí cuidarlo con controlarlo. Le marcaba los horarios como si fuera turno de laboratorio, le apuraba el paso hacia el baño, le corregía cada movimiento como si en vez de hijo fuera enfermero de guardia. Me olvidé de que no tengo enfermería ni kinesiología ni nada parecido: soy un hijo que mete mano como puede.
Antes de instalar cualquier cosa nueva en el baño, ahora se lo pregunto primero, y recién después agarro el taladro. Si te toca lo mismo en tu casa, sirve mirar cómo adaptar el baño para ancianos de forma sencilla y económica, pero lo que de verdad cambia las cosas no es el agarre que compres, es hablarlo antes de taladrar.
Ahí fue cuando volví a dos clases del curso Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio que compré por Hotmart hace tiempo (todavía tiene pocas reseñas como para fiarse del puntaje a ciegas, pero está pensado justo para el cuidado en casa, no para una residencia, y eso a mí me sirvió más que cualquier folleto genérico). La idea que más se me quedó fue simple: la clave no es mandar, es colaborar. Ahora, en vez de aparecer con el taladro, le pregunto "Viejo, ¿te parece que pongamos el agarre acá?", y la respuesta cambia todo.
Hay noches en que la fatiga del cuidador pesa más que cualquier tarea física, esas donde una levantada de madrugada te deja sin nada para el día siguiente. Y la transferencia segura, de la cama a la silla o de la silla al andador, se volvió más fácil el día que dejé de apurarlo con la mirada; ahora cuento hasta que él arranca, no hasta que a mí me daría el tiempo.
Ocho semanas después, un silencio distinto
El sonido metálico contra el marco de la puerta, el que me sacaba corriendo de la silla en marzo, casi no se escucha más. En su lugar quedó este otro: la goma del andador rozando la baldosa sola, sin que yo tuviera que ir atrás.
Un vecino que se va a pescar con los hijos al dique San Roque me preguntó, hace poco, cómo hacía yo para no explotar. Le dije la verdad: que la desorientación en ancianos durante la caída del sol a veces pesa más que cualquier otra cosa del día, y que ahí lo que sirve no es discutir sino cambiar de tema, ofrecerle un mate o preguntarle algo de su época en el taller.
Los domingos que el ánimo da, lo llevo a caminar despacio hasta Plaza San Martín, apoyado en el andador, sin apurar el paso ni mirar el reloj. La prevención de caídas no es una lista de casilleros para tildar: es ir viendo, cuadra a cuadra, si hoy el equilibrio anda mejor o peor que ayer. Ayuda tener algo de rutina diaria para adultos mayores en casa, pero flexible: si un jueves la rutina se cae a pedazos porque él amaneció cruzado, se deja que se caiga.
Algunas tardes que el cuerpo no da para la caminata, hacemos ejercicio adaptado en silla frente a la tele: mover los tobillos, estirar los brazos, lo que se pueda sin que nadie tenga que pararse.
Si estás en la misma, dando vueltas entre el cansancio y las ganas de que a tu viejo le vaya bien, date una vuelta por el curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio. No te resuelve la vida, pero da un par de ideas para esas noches en que todo se pone cuesta arriba.
Y antes de cambiar algo de peso (la comida, los remedios, el horario de dormir) consultá siempre con su geriatra: nosotros los hijos estamos en la trinchera, pero la parte médica la definen ellos. La lección que me llevo de estas ocho semanas es una sola: no se trata de ganarle la pulseada al orgullo del viejo, sino de encontrarle una salida donde sienta que decide él.
Ahora me voy a cebar el segundo mate. El andador quedó en su lugar, la casa en ese silencio que tanto cuesta conseguir, y mañana habrá que probar de nuevo qué combinación abre la puerta de hoy.