Diario del Cuidador

Cómo mejorar la comunicación con adultos mayores con pérdida auditiva

2026.08.09
Cómo mejorar la comunicación con adultos mayores con pérdida auditiva: hijo y padre conversando de frente en la cocina de casa

La estufa hace un ruido seco al prender y mi papá ni gira la cabeza. No es que esté distraído ni que no quiera prestarme atención: perdió antes los sonidos agudos que los graves, y ahí se le escapa buena parte de lo que le digo. En el cuidado en casa de un adulto mayor con pérdida auditiva, la comunicación no se arregla levantando la voz. Se arregla cambiando dónde te parás, qué tono usás y cuánto ruido hay alrededor cuando hablás.

Durante meses hice justo lo contrario. Gritaba cada vez que él no contestaba, pensando que el problema era de volumen y no de claridad. Lo único que lograba era que mi voz se pusiera más aguda —justo en el rango que menos le llega— y que él se cerrara todavía más, como si prefiriera no escuchar nada antes que pedir que se lo repita por tercera vez.

¿Por qué gritar no ayuda a un adulto mayor con pérdida auditiva?

Ya me pasó antes con otras soluciones rápidas en esta casa: la silla plástica de ducha que compré en el chino se rompió al segundo mes de uso, y ahí aprendí que lo más obvio no siempre es lo que funciona. Con la comunicación pasa lo mismo. Gritar parece la respuesta más directa y es, casi siempre, la que menos sirve, porque distorsiona la voz en vez de aclararla.

El ruido de fondo empeora el panorama todavía más. Si la tele está prendida o la estufa hace ese ruido constante, las palabras se le mezclan y se pierden justo las partes que le permiten distinguir una palabra de otra. Por eso, cuando tengo algo importante para decirle, apago la tele o bajo la radio antes de hablar: es un paso simple, y cambia toda la conversación.

Cuaderno con anotaciones para acompañar el cuidado en casa de un adulto mayor con pérdida auditiva, junto al pastillero semanal

Ponete de frente, dejá que te vea la cara

Llamarlo desde el pasillo tampoco funciona, aunque a mí me llevó bastante darme cuenta. "¡Papá, el mate está listo!", le decía desde la otra punta de la casa, y él escuchaba un ruido sin mensaje adentro. Ahora me acerco, me paro frente a él y espero a que me mire antes de hablar. La luz tiene que darme a mí en la cara, no quedar atrás mío, porque así puede ayudarse con el movimiento de mis labios y con los gestos, aunque no sepa leerlos como en las películas.

Eugenio, el vecino jubilado que vive a la vuelta y se da una vuelta por casa algunas tardes, tiene esa costumbre sin proponérselo: habla despacio, no atropella las frases, y con mi viejo funciona mejor que cualquier técnica que yo haya leído. Sentarse a su altura ayuda en el mismo sentido: si le hablo parado y él sentado, tiene que forzar el cuello para mirarme, y se cansa antes de terminar de entender lo que le digo.

A veces se pone terco y no quiere que lo ayude con nada, ni con el mate ni con vestirse, y ahí la comunicación se traba todavía más porque la frustración de no escuchar bien lo pone a la defensiva. En esos momentos me sirve releer lo que anoté sobre qué hacer cuando un anciano se niega a recibir ayuda de su familia, porque bajar mi propia ansiedad también lo ayuda a él a calmarse.

Bajá el tono, no subas el volumen

Lo que sí funciona es bajar el tono de voz, no subirlo, por la misma razón que mencioné antes: los agudos son los que peor le llegan. Al principio yo exageraba la boca, abriéndola como si estuviera actuando, pensando que así me iba a entender mejor. Fue al revés: esa exageración distorsiona el habla natural y le complica seguir el movimiento de mis labios.

Regatón de goma del andador sobre las baldosas de la cocina, parte de la rutina de cuidado en casa de un adulto mayor con pérdida auditiva

Una pregunta por vez

Pola, la vecina de dos casas que empezó a cuidar a su suegra hace seis meses, me paró en la vereda una tarde y me preguntó, sin vueltas, qué hacía yo cuando mi viejo se quedaba callado en vez de contestar. Le dije lo que aprendí a los golpes: una pregunta por vez, y esperar. Si le tiro tres seguidas —¿querés café, con azúcar, te traigo algo para comer?— se bloquea. Es como abrir una combinación, un número por vez, sin apurar el siguiente hasta que el anterior encastró.

El cuaderno, el puente que no falla

Para lo que no puede fallar, como una hora de médico o un cambio en la medicación, uso el cuaderno que tengo al lado de la pava y se lo escribo en letra grande. El papel no tiene ruido de fondo ni frecuencias que se pierdan en el camino: es el único mensaje que le llega completo siempre. Mantener una rutina ordenada ayuda en la misma dirección, y algo de eso escribí en cómo organizar una rutina diaria para adultos mayores en casa, porque cuando él ya sabe qué sigue, no tiene que estar todo el tiempo tratando de descifrar instrucciones que a veces no le llegan bien.

Hace poco lo vi estirar la mano y agarrar el vaso de agua sin mirarlo, tranquilo, como quien ya sabe dónde está todo sin tener que fijarse, y esa noche no tuve que repetirle nada dos veces. No sé si es la luz de frente, el tono más bajo o el cuaderno, capaz que es todo junto. Lo que sí sé, y esto no cambia aunque algún día vuelva el cansancio y se me escape un grito al llegar tarde de la cerrajería, es que la sordera no es terquedad: pararse de frente, cortar el ruido de fondo, bajar el tono y preguntar de a una son las cosas concretas que, en esta casa, hicieron que nos volviéramos a entender.