Diario del Cuidador

Elegir zapatos cómodos para ancianos con problemas de movilidad en el hogar

2026.07.29
Elegir zapatos cómodos para ancianos con movilidad reducida: par de zapatos ortopédicos apoyados junto a un andador en el living de una casa

Tres pares de zapatos quedaron descartados en el ropero de mi viejo en menos de un año, cada uno por una razón distinta, y ninguno le duró lo suficiente como para que dejara de tropezar con sus propios pies. No fue por gastar de más ni por probar cualquier cosa al voleo: cada compra respondía a un problema puntual que aparecía recién cuando él ya lo tenía puesto y caminaba por la cocina. Ahí entendí que elegir calzado para alguien con movilidad reducida no se resuelve mirando la vidriera, se resuelve entendiendo qué hace cada parte del zapato cuando el pie ya no responde como antes.

Antes de seguir: en este cuaderno hay enlaces de afiliado, algunos van al curso Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, el único que compré cuando esto recién empezaba. Si comprás algo entrando por ahí me queda una comisión, a vos no te cambia el precio. Cuento solo lo que fui probando en casa, cuidando a mi viejo.

Probé algo que no funcionó antes de llegar siquiera a los zapatos: dejé el velador prendido toda la noche pensando que alcanzaba para que no perdiera el camino al baño, y a eso de las tres igual se desorientaba en el mismo pasillo de siempre. Ahí caí en que la luz sola no alcanza si el pie no responde. Fui al Mercado Norte, a los puestos de zapatería, buscando algo distinto a lo de siempre, y volví con unas deportivas de marca, gruesas y pesadas, pensando que si servían para correr una maratón iban a servir para ir al baño a las tres de la mañana. Mi viejo las usó una tarde y me dijo que sentía que tenía dos yunques atados a los pies.

Contrafuerte firme, no marca cara

El error no fue el precio, fue no mirar el contrafuerte: esa pieza rígida de atrás que envuelve el talón y le avisa al tobillo hacia dónde va el peso. Si el contrafuerte es blando, el pie se mueve dentro del zapato y el tobillo se dobla apenas hay un paso en falso. Antes de comprar, aprieto esa zona con los dedos: si cede como una pantufla de andar por casa, no sirve para alguien que ya perdió reflejos para corregir un tropiezo a tiempo. Liviano sí, blando en el talón no; son dos cosas distintas y las confundí más de una vez.

Zapatos ortopédicos con velcro junto a la pata de un andador con ruedas, pensados para la prevención de caídas en el piso de cerámico de la cocina

La suela puede jugarle una mala pasada

Con la suela cometí el error contrario. Compré unas con goma tan blanda que casi se pegaba al piso, y una tarde que mi viejo quiso girar con el andador la zapatilla frenó de golpe mientras el cuerpo seguía de largo. Casi se va de boca ahí mismo, contra el marco de la puerta. Una suela demasiado agarrada traba el giro; una demasiado lisa lo manda al piso apenas hay agua o cerámico encerado. Lo que mejor le terminó funcionando fue una suela de poliuretano, ni pegajosa ni patinadora, que deja girar el pie sin que el zapato se quede clavado en el piso.

El pie no mide lo mismo a la tarde

La hinchazón, lo que el médico llama edema, me enseñó que el pie de la mañana no es el pie de las seis de la tarde. Le compré zapatos con velcro pensando que ya estaba resuelto, y a la noche ya no cerraban o le dejaban una marca roja que con el tiempo puede terminar en una llaga. El velcro ajusta, pero solo hasta cierto punto; cuando la hinchazón cambia tanto en el mismo día, lo que sirve es un modelo de apertura total, que se abre casi como un libro y deja meter el pie sin tironear, ajustando distinto según cómo esté ese día en particular. Reviso los pies todas las noches, con la pomada de alcanfor a mano, porque ahí se nota antes que en cualquier otro lado si algo cambió.

Manos ajustando un zapato de apertura total en el pie de un anciano, parte del cuidado de ancianos en el hogar y la seguridad geriátrica diaria

Tampoco dejo el taco del todo plano ni demasiado alto: muy plano le tira de los gemelos, muy alto le corre el equilibrio para adelante. Busco algo intermedio, que casi no se note a simple vista pero que se siente apenas da el primer paso.

Horma ancha, sujeción trasera, materiales que respiran

De ahí en más hay tres cosas que reviso antes de sacar el zapato de la caja. La sujeción trasera primero: nada de pantuflas ni chinelas abiertas, porque un pie sin sostén atrás es un pie que se sale del zapato justo cuando más lo necesita. Después la horma: un pie mayor necesita ancho, no que se lo apriete pensando que así queda más firme. Y por último el material, que sea de esos que dejan transpirar, porque la humedad atrapada ahí adentro debilita la piel y complica todo lo demás.

La seguridad geriátrica no empieza ni termina en el zapato

Ningún zapato, por bueno que sea, resuelve solo toda la seguridad geriátrica de la casa: hace falta que el resto acompañe. Me puse a mejorar la iluminación para que él vea dónde pisa, porque por más zapato bien elegido que tenga, si no ve el borde de una alfombra se va al piso igual. Las medidas de prevención de caídas que fui sumando con el tiempo, junto con el andador que quedó apoyado contra la pared entre las dos piezas, hacen más por evitar un tropiezo que cualquier suela sola.

Eugenio, el vecino de la vuelta, pasó un viernes con facturas, como hace casi siempre sin que nadie se lo pida, y se quedó mirando el andador un rato largo antes de preguntarme si el zapato hacía tanta diferencia como yo decía.

A Pola, la vecina de dos casas que empezó a cuidar a su suegra hace poco, se lo expliqué sacando la basura: no hay lista ni planilla que reemplace agacharse y apretar el contrafuerte con la mano antes de pagar. Esa es, si tengo que dejar una sola regla, la que más le sirvió.

Anoche lo vi estirar la mano hacia la baranda del pasillo sin pensarlo, natural, como si el gesto ya no le costara nada. No sé cuánto de eso es el zapato y cuánto es que ya se acostumbró a la casa, pero el paso suena distinto: ya no es el arrastre que me ponía los pelos de punta, es un golpe parejo de la suela contra el piso.

Si andás por donde yo empecé, con el miedo de no saber qué comprarle, pegarle una mirada al curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio no te va a dar una fórmula mágica, pero te da un par de criterios para no ir a ciegas. Yo no soy médico ni kinesiólogo, soy cerrajero: todo esto es lo que fui aprendiendo mirando los pies de mi viejo, probando y devolviendo lo que no sirvió.