El chirrido de la goma del andador contra el piso me saca de la cama antes de terminar de abrir los ojos, y para cuando llego al pasillo ya lo veo a mi viejo agarrado del marco de la puerta, no de la pared, tanteando con la mano libre porque no distingue bien dónde termina la alfombra. Esa noche no se cayó, pero fue una más de las veces en que entendí que cuidar a un adulto mayor en esta casa tiene menos que ver con las cerraduras que instalo todo el día y más con lo que pasa, o no pasa, cuando se apaga la luz. La seguridad de mi viejo en esos pasos hasta el baño depende de algo tan simple como la iluminación del pasillo, y ahí es donde más caídas hemos evitado o sufrido en esta casa.
Antes de seguir: en este cuaderno dejo algún enlace de afiliado, capaz al curso que compré por Hotmart o a algún producto que uso de verdad en esta casa. Si hacés clic y comprás algo, a mí me queda una comisión chica que ayuda con los gastos del viejo, y a vos no te cambia el precio ni un peso. No recomiendo nada que no haya probado en este pasillo primero.
Más luz no significa más seguridad
Acá va el primer error que casi todos cometemos, yo el primero. Pensamos que si prendemos todo, si llenamos la casa de luz blanca y potente, el viejo va a ver mejor y se va a caer menos. Fui a la ferretería del barrio y compré las lámparas más fuertes que encontré, de esas de casi 5000K que parecen de cancha de fútbol, y llené el pasillo de luz fría pensando que así se terminaba el problema. Un par de noches después lo vi frenarse en la mitad del pasillo, tapándose los ojos con la mano. Me marean las chispas, me dijo, y ahí entendí que había hecho justo lo contrario de lo que hacía falta.
La regla que aprendí a los ponchazos va al revés de lo que parece lógico: para pasillos y zonas de descanso conviene la luz cálida, cerca de los 2700K, no la fría de 5000K. Es una luz que no encandila y que deja ver el borde de las cosas sin la sensación de estar bajo un reflector. Antes de este quilombo con las lámparas, mi viejo había intentado manejarse solo con el bastón por ese mismo pasillo y se cayó dos veces en el mismo tramo, así que cualquier cambio ahí tenía que funcionar de una, no había margen para otro ensayo.
Repasé un par de lecciones del único curso que hice, el de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, buscando algo sobre esto, y aunque no está pensado para electricidad ni para diseño de iluminación, me alcanzó para confirmar que el error estaba en la intensidad, no en la cantidad de artefactos que había puesto.
¿Por qué la luz fría marea tanto a los ojos que envejecen?
Los ojos que envejecen no procesan la luz igual que a los veinte años, y no hace falta ser oftalmólogo para notarlo: lo que a mí me parece una penumbra tranquila, para mi viejo puede ser un pozo negro. Cuando la luz es blanca y fuerte y pega de lleno contra el piso, se arma un reflejo que lo desorienta en vez de ayudarlo, sobre todo en ese tramo angosto donde ya no tiene de dónde agarrarse fácil. Fue por esos días que la kinesióloga que lo atiende, allá en Villa Allende, me comentó sin darle mucha vuelta que notaba mejor el equilibrio de mi viejo desde que había empezado a salir solo hasta el pasillo sin pegarse a la pared con las dos manos.
Si un tubo fluorescente te marea a vos a los cuarenta, imaginate lo que le hace a alguien que ya viene con el equilibrio flojo. Por eso ahora, antes de tocar cualquier otra cosa de la rutina, reviso primero cómo le pega la luz al piso; hay más sobre esto en estas medidas de prevención de caídas en adultos mayores para el hogar que fui juntando con el tiempo.
Bajar el sensor a la altura del zócalo, no del techo
El segundo mito es pensar que la solución pasa por un interruptor más grande o una luz de techo más potente. Lo que de verdad cambió las noches en esta casa fue bajar la fuente de luz: sensores chicos, a la altura del zócalo, con un ángulo de detección de unos 120 grados, puestos bajo la cama, en el tramo hacia el baño y cerca de cada interruptor. La intensidad tiene que ser tenue, lo justo para distinguir el borde de un mueble, y sobre todo automática, porque el momento en que mi viejo pierde el equilibrio no es caminando: es parado en la oscuridad, buscando la tecla con la mano.
Con eso resuelto, el camino hasta la habitación se volvió parte de la rutina diaria sin que nadie tenga que pensarlo dos veces, y ese tipo de rutina estructurada, che, hace más por evitar un golpe que cualquier arreglo de apuro a último momento.
Las sombras que conviene dejar, no borrar todas
El tercer error, el que casi repito, fue creer que había que borrar hasta la última sombra. Quería una luz pareja en cada rincón, sin manchas oscuras en ningún lado, hasta que entendí, hablando con la gente que atiende a mi viejo porque yo de esto no tengo formación, que las sombras suaves ayudan a leer la profundidad de las cosas. Si el piso queda completamente plano bajo una luz muy fuerte desde arriba, mi viejo no distingue bien dónde empieza un escalón o dónde termina la alfombra. La luz indirecta, la que rebota contra la pared en vez de caer derecho, es mucho más amable con la vista; incluso en esas horas de la tarde en que a veces se pone más inquieto, lo que algunos llaman síndrome del ocaso, una luz cálida y pareja lo calma más que cualquier explicación que yo le pueda dar.
Esto también se nota cuando hacemos algo para estimularlo un rato, cartas, algún ejercicio de memoria, lo que sea: si hay sombras raras se pone reacio, y si la luz es cálida y pareja participa con más ganas. Alguna vez escribí sobre cómo pensar estimularlo cognitivamente en casa, y la luz de fondo, aunque parezca un detalle chico, cambia bastante el humor con el que arranca esa media hora.
La regla que aplico antes de comprar cualquier lámpara nueva
Antes de llevar algo nuevo a esta casa reviso tres cosas, nada más. Primero, la temperatura de color: cálida, cerca de los 2700K, nunca la fría de vidriera. Segundo, que se prenda sola con el movimiento, porque buscar un interruptor a tientas es justo el momento en que mi viejo pierde pie. Tercero, que no borre todas las sombras del piso, porque esas sombras, aunque parezcan un defecto, son las que le permiten distinguir un escalón de una alfombra. Con esas tres cosas resueltas, una lámpara barata rinde más que la más cara si no cumple ninguna.
Los problemas no se terminan por tener el pasillo bien iluminado, ni cerca. Casi nos olvidamos de la pastilla de la presión en medio de la mudanza de un mueble hace poco, y tuve que volver a mirar los tips para organizar el pastillero semanal que tengo anotados en el cuaderno. Pero al menos el tema de los golpes por la oscuridad ya no me tiene con el oído pegado a la pared toda la noche.
De los que te bancan en esto tengo a Rolando, colega cerrajero de toda la vida: el día que mi viejo tuvo fiebre alta, me dejó un termo en la puerta sin tocar el timbre para no despertarlo. Ese tipo de ayuda pesa tanto como cualquier sensor, sobre todo cuando el cansancio del que cuida te gana antes que cualquier otra cosa. Valentín, un lector de Santa Rosa que cuida a su madre hace tres años, me escribió hace un tiempo, y cuatro meses después volvió a escribir para contarme que había conseguido ayuda a domicilio una mañana por semana; no es magia, pero le sacó algo de presión de encima.
Cuidar a un padre en esta casa no se resuelve con una sola lámpara, pero la luz sigue siendo de las herramientas más baratas que tenemos para que siga siendo dueño de sus propios pasos un rato más. Volví al curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio más de una vez buscando qué otra cosa se me estaba pasando por alto, y aunque no reemplaza al médico ni a la kinesióloga, me ayudó a mirar la casa con otros ojos. Si notás que tu propia casa se te está volviendo una trampa para el que cuidás, no esperes al primer susto grande: empezá por la luz del pasillo, que es lo que menos cuesta cambiar y lo que más rápido se nota.