Diario del Cuidador

Cómo mantener la temperatura ideal en casa para ancianos este invierno

2026.08.19
Cómo mantener la temperatura ideal en casa para ancianos este invierno: cuidado del adulto mayor y calefacción segura en Córdoba

En la pieza de mi viejo el aire se siente distinto que en el pasillo, y esa diferencia, más que cualquier grado exacto marcado en un termómetro, es lo que de verdad pesa cuando se habla de la temperatura ideal en casa para ancianos en invierno. Mucha gente da por hecho que el cuidado del adulto mayor en esta época del año se resuelve poniendo la estufa al máximo y tapando cada rendija de la casa; yo pensaba parecido hasta que entendí que la salud de los ancianos en invierno depende menos de un número mágico y más de que la casa no dé sustos térmicos de un ambiente a otro. Ahí es donde se arma el enredo, y ahí quiero meter la cuchara.

La creencia del termostato perfecto

La creencia instalada es que existe un número sagrado, que si el termómetro marca un grado de más o de menos ya la embarraste. No es así, y sostenerlo como dogma le hace un flaco favor a cualquiera que recién empieza en esto. Caminando una mañana por el Mercado Norte de Córdoba, con las manos metidas en los bolsillos y el aliento haciendo humo, noté lo distinto que se siente el frío según el cuerpo que lo recibe: yo iba cómodo con un buzo, mientras que a mi viejo, sentado horas en la misma silla, esa misma temperatura lo puede dejar rígido. Un vecino que pesca con sus hijos en el dique San Roque me dijo una vez, medio en joda, que yo exageraba con tanto control de temperatura — pero a él no le pesan los años ni las horas sentado que le pesan a mi viejo. Ahí está el primer error del mito: comparar cómo se siente uno mismo con cómo lo siente él.

Termómetro de pared en el pasillo marcando la temperatura ideal en casa junto a una ventana con burletes nuevos, parte de la calefacción segura para el cuidado del adulto mayor

La estabilidad térmica importa más que el grado exacto

Lo que sí cambia las cosas es que la casa no tenga saltos bruscos de un ambiente a otro. Cuando cruza del pasillo al baño de madrugada, apoyado en el andador de ruedas, la mano de mi viejo encuentra la baranda sin dudar, como algo que el cuerpo ya tiene incorporado — pero ese gesto se le complica si pasa de una pieza calentita a un pasillo que parece la calle. Un piso helado y un cuerpo entumecido son de las combinaciones más peligrosas que existen, y ahí la prevención de caídas empieza mucho antes de que el pie toque el frío: empieza en cómo repartís el calor por toda la casa, no solo en el cuarto donde él pasa más horas. A veces la solución no es más estufa, sino elegir ropa fácil de poner para ancianos con movilidad reducida que abrigue sin pesar, porque con demasiadas mantas encima después no se puede ni mover.

El pasillo y el baño son el verdadero punto flaco

El living se calienta rápido, la pieza también, pero el pasillo y el baño se quedan atrás, y ahí un viejo pasa los peores minutos del día. Lo noto de noche, en esa vibración sorda que hace el colchón cuando él se pelea solo por darse vuelta antes de decidirse a levantarse: el cuerpo frío se mueve distinto, más torpe, y la transferencia segura de la cama a la silla o al andador se afloja cuando tiene los músculos duros por el frío. Los cambios posturales que hacemos para cuidarle la piel también cuestan más cuando está entumecido, y hay que ir más despacio de lo habitual. Yo mismo termino sumando rondas a la madrugada para chequear que el calefactor siga prendido, y esas vueltas de vigilancia son las que de a poco te van cargando de esa fatiga del cuidador que nadie ve desde afuera.

Calefacción segura: ventilar sin resignar el calor

Otro error de manual es pensar que sellar la casa entera, tapar cada rendija para que no se escape ni un grado, es lo más seguro. Con una estufa que no tiene salida al exterior, cerrar todo hermético puede ser justo lo contrario: el ambiente se queda sin aire limpio y ahí el riesgo deja de ser el frío. Prefiero una calefacción que se pueda airear un rato por día, aunque entre algo de fresco, antes que una casa sellada como lata de conserva. Si una noche se corta la luz o se rompe el calefactor, ahí no hay rutina que aguante, por eso tengo armado un plan de emergencia para cuidadores de ancianos que viven con su familia pensado especialmente para el frío. Con eso resuelto, ayuda sostener una rutina diaria estructurada, prender y apagar la estufa casi a la misma hora, como un ancla que el cuerpo agradece sin darse cuenta. Noto que apenas empieza a bajar la tarde y el frío pega más fuerte, él se pone más inquieto, algo que la kinesióloga relacionó más con el síndrome del ocaso que con el termómetro en sí; ella también le sumó ejercicios adaptados en silla para que la sangre circule aunque afuera hiele. Cuando le insisto con el pulóver extra, él dice que no tiene frío, y ahí aparece esa resistencia a la ayuda que cualquiera que cuide a un viejo conoce de memoria. Con el frío también se olvida de tomar agua, y la hidratación diaria importa tanto en invierno como en cualquier tarde de enero.

Lo que un diagnóstico viejo me enseñó a soltar

Hubo una temporada en la que le exigí una dieta sin sal estricta, porque alguna vez se la habían indicado, hasta que el médico me frenó y me dijo que ya no hacía falta, que estábamos sosteniendo una indicación vieja que ya había vencido. Con la temperatura de la casa pasa algo parecido: uno se aferra a una cifra que escuchó una vez en algún lado y la trata como ley eterna, cuando lo que hay que hacer es mirar al viejo, no al termómetro. Hay familias que en este tramo del cuidado ya suman ayuda a domicilio para no cargar solas con estas decisiones de todos los días; nosotros todavía nos arreglamos entre los dos, pero no lo digo como mérito, es solo lo que nos tocó. Lo que sí me llevo de este invierno es una sola idea que sirve para cualquier casa: dejá de perseguir el grado perfecto y prestale atención a cómo se mueve tu viejo por cada rincón, porque eso avisa antes que cualquier número si algo anda mal.