Bajo la yerba del estante de arriba antes de que él la vaya a buscar solo y la dejo justo al lado de la pava, en la mesada despejada. Me quedo un segundo mirando el resto de la alacena, calculando qué otra cosa tengo que correr de lugar. Las medidas de seguridad en la cocina para alguien con movilidad reducida no salen de una lista bajada de internet: salen de mirar, objeto por objeto, qué le cuesta agarrar, qué lo hace estirarse de más, qué lo obliga a hacer equilibrio con el andador trabado contra el mueble. Con mi viejo aprendí que la cocina es, de toda la casa, el cuarto donde más se complica, justamente porque es el único lugar donde todavía se empeña en arreglárselas solo.
Bajar todo a la altura de la mesada
La primera regla que apliqué fue simple: si lo usa todos los días, tiene que estar a la altura de la mesada, sin estantes de por medio. La pava, el mate, su taza, los saquitos de té, todo eso quedó en una franja que alcanza sin estirar el brazo ni empinarse. Lo que usa una vez por semana subió un poco más arriba, adonde solo llega si yo estoy cerca. Ahí entra el andador con ruedas: cuando se cansa parado, lo gira, apoya las dos manos en la mesada y hace la transferencia a la silla alta despacio, sin que nadie tenga que sostenerlo si el movimiento está pensado para eso.
¿Por qué las perillas redondas son un problema?
Las perillas redondas de las alacenas y de la puerta del patio son una porquería para alguien que está perdiendo fuerza de agarre. Si no puede cerrar bien la mano sobre un picaporte, tampoco va a poder sostenerse de algo si trastabilla, y esa relación entre agarre y equilibrio fue la que me hizo cambiar todos los herrajes de la cocina por palancas, de esas que se abren empujando con el antebrazo si hace falta. Al principio protestó, che, me dijo que la casa le estaba quedando con cara de sala de espera, y ahí entendí que resistirse a estos cambios no siempre es terquedad: a veces es no querer sentir que ya no puede solo con lo de siempre.
Con el gas fui más cauto todavía. La casa es vieja y las hornallas a veces prenden mal, así que además de la válvula de seguridad que ya tiene la cocina, puse un sensor extra cerca del piso, uno que avisa si queda algo abierto sin que nadie se dé cuenta. No hace falta la última tecnología, la posta es que alcanza con que suene fuerte y que yo lo escuche desde el taller.
La alarma de humo la elegí pensando en que mi viejo está bastante duro de oído, así que necesitaba un sonido lo bastante fuerte como para despertarlo a él o avisarme a mí desde el fondo de la casa. Ya había escrito sobre cómo mejorar la comunicación con adultos mayores con pérdida auditiva, y esa misma lógica, pensar el sonido en función de lo que él realmente escucha y no de lo que dice cualquier manual, fue la que usé acá.
El piso de la cocina, la humedad y el ruido que me tranquiliza
La prevención de caídas en el resto de la casa da para un artículo aparte; acá me quedo con lo que pasa puertas adentro de la cocina. Las alfombras que había desde siempre volaron todas: son lindas, pero con el piso húmedo se vuelven una invitación al golpe. Dejé el cerámico pelado y limpio, sin cera, y ahora el sonido de las ruedas del andador contra el zócalo me avisa, desde cualquier parte de la casa, que se está moviendo. Prefiero mil veces ese ruido repetido a un silencio que se corta de golpe.
Hay una madrugada que todavía tengo presente: me desperté de golpe en el baño y caí en la cuenta de que no había escuchado nada del cuarto desde las diez, ni el andador, ni la puerta, nada. Antes de resolver la iluminación de la cocina probé dejar una luz prendida en el pasillo toda la noche, pensando que alcanzaba con que no estuviera todo a oscuras, y el viejo igual se desorientaba pasada la madrugada, buscando un interruptor que no tenía al lado. Lo que funcionó no fue dejar una luz fija sino poner sensores de movimiento. Esa desorientación nocturna, que algunos llaman el síndrome del ocaso, también da para su propio artículo; acá lo nombro de paso porque fue lo que me hizo mover la ficha.
Si a alguien le sirve profundizar en esto, en otra nota conté cómo mejorar la iluminación para evitar riesgos de caídas, que en nuestra casa fue, sin exagerar, el cambio que más tranquilidad me trajo de noche: entra a la cocina y se ilumina sola, sin que tenga que tantear la pared.
Cuando ayudar de más también es un riesgo
Hubo un momento en que me pregunté si, sacando todos los obstáculos, no lo estaba volviendo más inútil de lo necesario. El pan sigue en una panera que hay que abrir, y los platos que usa poco quedaron apenas más arriba de lo cómodo, para que estire los brazos de vez en cuando, siempre con alguien cerca. No quiero que su cocina se convierta en un cuadrado de un metro por un metro: prefiero que siga siendo un lugar donde hace cosas, aunque sean chicas, porque esos gestos sueltos, la estimulación cognitiva más simple que existe, son parte de lo que lo mantiene despierto y con ganas.
También es clave cómo pisa. El piso frío, con alguna gota de agua de vez en cuando, es traicionero, y por eso empecé a prestarle atención a algo tan básico como elegir zapatos cómodos: de nada sirven las barras de apoyo si después anda en pantuflas que patinan como si estuviera en una pista de hielo.
La rutina que reviso antes de apagar la luz
Antes de acostarme reviso la cocina: que las perillas estén cerradas, que no haya quedado nada prendido, que el andador esté apoyado contra la pared del pasillo, entre su cuarto y el mío, listo para la mañana. De paso miro que el pastillero semanal del baño esté armado para el día siguiente, no me meto con qué toma, eso lo define el médico, pero sí con que esté a mano y visible. Esa vuelta corta, siempre la misma, es lo más parecido que tengo a una rutina diaria estructurada; para mí es, simplemente, la última tarea del día.
Dejo también un vaso con agua cerca de la mesada, porque con el calor se olvida de tomar si tiene que ir a buscarlo hasta la canilla. Eugenio, el vecino de la vuelta que pasa varias tardes desde que compramos la casa, una vez me dijo, mientras dejaba una bolsa del almacén sobre la mesada, que se acuerda cuando mi viejo entraba a esta misma cocina caminando sin el andador. Se queda un rato corto, nada más, pero esas visitas cortas son las que evitan que la fatiga del cuidador se acumule sin que uno se dé cuenta.
Pola, que vive a dos casas y hace unos meses empezó a cuidar a su suegra, me para seguido cuando sacamos la basura y nos quedamos hablando lo que dura sacar la bolsa, nada más, pero me hace reír con alguna anécdota absurda del día. Ella contrató unas horas de ayuda a domicilio para poder salir a hacer trámites; yo todavía no, pero cada vez que la cocina me exige algo nuevo, pienso que en algún momento voy a tener que hacer la misma cuenta.
La pregunta que me quedó, después de tocar cada rincón de esta cocina, no es si algo se ve más seguro. Es si él todavía puede usarlo solo, sin que yo tenga que estar al lado. Cuando la respuesta es sí, lo dejo como está. Cuando es no, ahí recién busco la solución, y no antes. Si estás por cambiar algo en tu propia cocina, preguntate lo mismo antes de sacar la billetera o mover un mueble: ¿todavía lo puede usar solo?