Diario del Cuidador

Plan de emergencia para cuidadores de ancianos que viven con su familia

2026.08.03
Cuidador familiar armando un plan de emergencia para el cuidado de un adulto mayor en casa

¿Qué vas a hacer vos, como cuidador familiar, en el minuto exacto en que pasa algo grave, antes de llamar a nadie, antes de que la cabeza te arranque a pensar, ese minuto en que todavía no sabés si estás frente a una de esas emergencias en casa que te cambian la noche entera, o a un susto que se pasa solo?

No te lo contesto todavía, pero te cuento por qué lo estoy escribiendo esta noche. Antes que nada, una aclaración corta: en este espacio se cuela algún enlace de afiliado, y si alguien se anota en un curso pasando por ahí, a mí me queda una comisión y a vos no te cambia el precio ni un peso, solo menciono lo que de verdad pasó por casa mientras armaba mi manejo del cuidado del adulto mayor en mi propia cocina. Hace poco Donato, un lector de Rosario que ya pasó sus años cuidando a su papá antes de perderlo, dejó un comentario larguísimo sobre el pastillero de mi viejo, y entre lo que preguntó él y lo que me vienen preguntando otros —casi siempre sobre prevención de caídas, sobre a quién llamar primero, sobre si vale la pena un curso— decidí sentarme a contestar en serio, una por una, en vez de dejarlas colgadas en los comentarios.

El plan de emergencia de un cuidador familiar, sin vueltas

Un plan de emergencia no es una lista de diez pasos que te aprendés de memoria y ya. Es más simple y más feo que eso: es saber, antes de que pase, a quién llamás, qué papeles tenés a mano y qué vas a hacer con tu propio miedo mientras esperás que llegue alguien. La mayoría arma esto recién después del primer susto, como me pasó a mí. Antes tenía buena voluntad, que frente a una emergencia es como una llave que no entra en la cerradura por más que la fuerces.

La OMS pone el corte en los 65 —a mí eso no me armó ningún plan

Según la OMS, en Argentina se considera adulto mayor a alguien de 65 años para arriba, y mi viejo pasó esa marca hace rato. Ese dato sirve para las estadísticas, pero no te dice nada de lo que hacés el día que a él se le traba la pierna en el pasillo. La edad es un número. El plan es otra cosa.

Emergencias en casa: por qué el cuaderno le gana a la lista perfecta

Tengo un cuaderno al lado de la pava, donde anoto la pastilla de la presión y si tomó poca agua. Ahí armé lo que en casa llamamos el plan, aunque suene grandilocuente para tres páginas escritas a mano. Una rutina diaria organizada te da el terreno parejo, pero el plan de emergencia es lo que te sostiene cuando esa rutina se cae un jueves cualquiera, porque el viejo se levantó cruzado o le dolió la cadera sin aviso.

En la heladera tengo pegados el 107 bien grande, el número de la obra social y el del médico de cabecera, no en el celular, en la heladera, porque a las tres de la mañana el celular puede estar en otro cuarto cargando. Al lado va una carpeta con las últimas recetas, para que si viene una ambulancia no me agarre adivinando si toma el remedio de la presión en una dosis o en otra. El pastillero azul, el mismo que armo los domingos, se cierra con un chasquido corto cuando termino de cargar la semana, y ese ruido chiquito se volvió mi forma de chequear que no me salteé nada. Ahí también anoté el número de mi vecina, que tiene llave por si un día el que se descompone soy yo. Contratar ayuda a domicilio paga es otra decisión, más grande, que cada familia resuelve a su tiempo, acá hablo de la red que ya tenés armada sin pagarle a nadie.

Lista de números de emergencia y contactos pegada en la heladera de una casa donde vive un adulto mayor

El aparato que compré para dormir tranquilo y que no sirvió para nada

Hace un tiempo compré un intercomunicador inalámbrico para escucharlo desde la cocina sin tener que pegar la oreja a la puerta cada rato. Buena idea en el papel. En la práctica se cortaba justo las noches de lluvia, que en Córdoba son las noches en que más nervioso me pongo, y ahí quedaba yo con un aparato mudo y la misma incertidumbre de siempre. Lo saqué del enchufe hace rato y no lo volví a comprar en otra marca; aprendí que ningún cacharro reemplaza el hábito de pasar por la puerta antes de acostarme.

Una madrugada me levanté para ir al baño, sin que nada raro me hubiera despertado, y ahí caí en la cuenta de que hacía horas —desde eso de las diez de la noche— que no escuchaba ni un ruido del cuarto de al lado. Ni el resorte de la cama, ni la tos de siempre. Me quedé un segundo parado en el pasillo, escuchando ese silencio distinto, el que no da miedo porque ya sabés leerlo. Esa noche entendí que el plan no es para evitar el silencio, es para que dejes de tenerle miedo.

¿A quién llamás primero cuando la cosa se pone seria?

Al 107 si es una emergencia médica, sin dudar. Al 911 si la situación se puso peligrosa de otra forma. Esa distinción, que suena obvia escrita acá, la primera vez que la necesité no la tenía tan clara, y perdés segundos importantes pensándola en el momento. La vez que se resbaló yendo al baño sin el andador fue justo por eso: lo había dejado del lado equivocado de la cama esa noche. Elegir bien un andador con ruedas —el ancho, los frenos, si entra en el pasillo de tu casa— es un tema aparte que no resuelvo acá, pero terminó siendo tan parte del plan como el teléfono pegado en la heladera.

Lo primero que te sale es levantarlo como sea, tironeando. No lo hagas. Sentate en el piso con él si hace falta, agarrale la mano, y esperá a tener claro qué pasó antes de moverlo de mala manera —hacerlo sin la técnica correcta de transferencia segura puede terminar con los dos en el suelo, vos incluido, y la fatiga del cuidador no es un detalle menor en medio de una emergencia: es lo que te hace tomar el atajo equivocado. Y si se marea y no se cae, dale un rato antes de decidir si llamás al médico: sentalo, ofrecele agua —ahí entra la hidratación diaria, que a veces se descuida sin querer— y mirá si mejora.

Cuando tu viejo no quiere que llames a nadie

Estela Dávila, una enfermera jubilada que vive enfrente hace años, fue la primera que me explicó, sin hacerme sentir que estaba rindiendo un examen de medicina, qué significaba eso de medir el riesgo de una caída. Le mostré mi lista de la heladera hace poco, esperando un aplauso, y en cambio me marcó que no tenía anotado qué hacer si mi viejo se niega a que yo llame a alguien —cosa que pasa más de lo que uno cuenta. Estela no te dice que estás bien si no lo estás, y esa vez tenía razón.

La resistencia a la ayuda es un capítulo aparte que no voy a abrir acá, pero el plan de emergencia tiene que contemplar que tu viejo se ponga terco justo en el peor momento, no solo que el médico esté disponible. A la noche, cuando a veces se desorienta más de lo normal —lo que algunos llaman síndrome del ocaso, otro tema que dejo para otro día—, la terquedad se pone peor, y ahí el plan necesita tanto paciencia como teléfonos a mano.

Mano de un cuidador familiar anotando en un cuaderno el seguimiento diario del cuidado de un adulto mayor

¿Vale la pena hacer un curso, o alcanza con la buena voluntad?

Te contesto con lo que me pasó a mí. En el primer invierno con mi viejo en casa me sentía un inútil —soy cerrajero, no enfermero, y de cuidado no sabía nada. Hice el único curso que hice en mi vida sobre esto, Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, porque está pensado para cuidar en casa, no para preparar a alguien para trabajar en una residencia, que es donde arranca la mayoría de las familias como la mía. Cubre lo básico que asusta los primeros días: organizar la medicación, ordenar una rutina, no entrar en pánico ante lo primero raro que pasa.

No te voy a mentir diciendo que es perfecto: todavía tiene una sola reseña ahí donde lo vendo, así que no te bases solo en eso para decidir, y ninguna lección de ningún curso reemplaza lo que te diga el médico o el geriatra de tu viejo. Lo que sí te puedo decir es que me bajó la ansiedad tener una noción de qué mirar antes de mover a alguien que se cayó, en vez de improvisar del todo.

La piel que no aguanta tantas horas sentada, y lo que sí entra en el plan

Si tu viejo pasa mucho tiempo sentado o en la cama, el plan también tiene que dejar espacio para cómo prevenir llagas en adultos mayores con movilidad reducida desde casa, aunque no sea una emergencia de un minuto sino de esas cosas que se acumulan si nadie las mira a tiempo.

A Donato le contesté por privado casi todo esto, y le agregué algo que quizás él ya sabe por los años que pasó: ningún plan te saca el miedo de encima del todo, solo te da algo concreto para hacer con las manos mientras el miedo está ahí. Mi viejo, antes de que la pierna le empezara a fallar, caminaba solo por Parque Sarmiento las tardes que hacía lindo. Ya no puede, y esa es una de las cosas que este plan tampoco te devuelve —pero por lo menos hoy sé a quién llamo primero.

Si vos también sentís que estás cuidando de oído, sin estructura, el curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio es lo único que probé y lo único que puedo recomendarte con la conciencia tranquila. No te va a convertir en enfermero. Te va a dar la base que la buena voluntad sola no arma. El plan de emergencia es, en el fondo, eso: tener la herramienta lista antes de que la cerradura se trabe, para no quedarte parado frente a la puerta sin saber qué hacer.