Diario del Cuidador

Acompañamiento para ancianos a citas médicas como ayuda para el hijo

2026.09.12
Hijo acompañando a su padre mayor a una cita médica, un gesto clave del cuidado del adulto mayor y el bienestar del cuidador

Ocho sillas tiene la sala de espera del centro de salud del barrio, y mi papá elige siempre la del rincón, la que queda pegada a la ventana. La diferencia entre que se sienta ahí solo o que me siente yo al lado no se nota en la consulta. Se nota después, en lo que tengo que resolver por mi cuenta esa misma tarde. Llevo dos años metido de cabeza en esto del cuidado del adulto mayor, y de todo lo que fui entendiendo sobre la salud de los ancianos en esta casa, esto es lo que más me costó: el acompañamiento médico no es solamente un favor para él. La mayoría de las veces es la única forma que tengo de no duplicar el trabajo.

Cuando va solo, la consulta se arma dos veces

Mi viejo ya pasó los 65 años, tiene la afiliación en regla y conoce el centro de salud de memoria. Aun así, las primeras veces que fue solo, antes de que yo entendiera que tenía que estar ahí, volvía con la mitad de la historia. Le preguntaba qué le habían dicho y contestaba con dos o tres palabras, capaz porque no escuchó bien, capaz porque se le mezclaron los nombres de las pastillas. Un médico me explicó una vez que el tiempo promedio de consulta externa anda en los 15 minutos. Quince minutos para decidir si le cambian la dosis, y si en ese rato se pierde algo porque el que escucha no es el mismo que después tiene que actuar, ese dato no vuelve, viste. Se pierde y ya.

Mano de cerrajero manchada de grafito sosteniendo un informe médico, ejemplo del acompañamiento médico a un adulto mayor

No lo dejo ir solo, aunque él quiera

Se pone áspero, mi papá, cuando le digo que lo acompaño. "No soy inválido", me dice, y la posta, capaz tiene razón la mitad de las veces. Hace un tiempo probé lo contrario: lo dejé cruzar el pasillo con el bastón solo, sin nadie atrás, para que no dependiera tanto de mí. Se cayó dos veces en ese mismo pasillo, la segunda con un golpe que por suerte quedó en el susto. Ahí entendí que una cosa es dejarlo decidir y otra muy distinta es dejarlo solo donde el piso no perdona. De la prevención de caídas en la casa ya escribí en otro lado y no lo voy a repetir aquí, pero afuera las mismas reglas no alcanzan igual: hay escalones que no están en su casa, hay un cordón de vereda, hay una puerta pesada. El andador con ruedas que tenemos apoyado contra la pared del pasillo, entre su cuarto y el mío, sirve adentro, pero para subir a un auto o bajar por una rampa desconocida hace falta otra cosa: una mano firme que calcule el paso antes de que él lo dé. Ya hay un gesto que se le volvió automático: al llegar al auto, su mano busca el marco de la puerta sin dudar, como si nunca hubiera sido de otra forma.

El bienestar del cuidador que nadie pregunta en la sala de espera

El costo real de acompañarlo no aparece en ningún resumen médico. Aparece en la agenda de la cerrajería, en el cliente que se cansó de esperar y llamó a otro, en la plata que no entra ese día. Rolando, que tiene el gremio en la otra punta del barrio desde hace más de diez años, me cubrió un par de urgencias mientras yo estaba en el pasillo de un hospital en vez de arriba de un techo cambiando una cerradura. Un mediodía me vio llegar con los ojos hundidos y me tiró, sin dejar de destornillar: "che, vos también necesitás un turno, aunque sea para dormir". No le contesté nada, pero tenía razón. El bienestar del cuidador no es un tema aparte del acompañamiento médico, es la otra mitad de la misma cuenta, y casi nadie la pregunta en la sala de espera. Ya escribí en otro lado sobre cuándo buscar un servicio de respiro para cuidadores familiares de ancianos, para el que llegue a este punto y necesite frenar antes de que el cuerpo le pase factura.

Banco de trabajo de cerrajería con una cerradura desarmada y celular con recordatorios de citas médicas, la rutina de un cuidador familiar

Elegir cuándo voy yo y cuándo mando a otro en mi lugar

Hay quienes ese día mandan a alguien de ayuda a domicilio en su lugar, y no lo digo como reproche: para mucha gente es la única forma de que el turno no se caiga. Hasta ahora elijo ir cuando hay algo que se decide, un cambio de dosis, un estudio nuevo, una pregunta que quiero hacer yo mismo antes de que se me olvide entre una cerradura y otra. El pastillero semanal azul que tenemos en el estante del baño me sirve para eso: antes de salir reviso qué compartimento falta y lo llevo anotado, así en el consultorio no dependo de la memoria de nadie, ni de la suya ni de la mía. Ahí también dejo que él conteste primero cuando le preguntan la fecha o qué le duele, aunque tarde un poco más, no quiero ser yo el que le atrofia la cabeza por apurar la consulta. Cuando la consulta es de rutina, un control que más o menos ya sé cómo va a salir, ahí sí dejo que lo acompañe la persona que nos da una mano algunas tardes, la del servicio de cuidado del adulto mayor a domicilio para apoyo de la familia. No es abandonarlo: es no gastar en cada turno la misma pila que necesito para el resto de la semana.

Lo que se gana en el camino de vuelta

El día que lo acompaño yo, casi siempre terminamos parando en el Mercado Norte de Córdoba antes de volver, aunque sea para comprar dos cosas que se podrían pedir por teléfono. Él elige la yerba, yo cargo la bolsa, y ese rato caminando entre los puestos vale tanto como la consulta misma. Eso no pasa cuando va con otra persona: se vuelven directo a casa, y está bien, cada uno acompaña como puede. Antes de salir esa mañana le paso crema en las manos, después de bañarlo con la esponja, y ese olor dulzón se le queda pegado en los dedos todo el trayecto, es lo único de la rutina que no cambio nunca, vaya yo o vaya otro.

Valentín, que me escribe de vez en cuando desde Santa Rosa y hace tres años cuida a su madre, me mandó una vez una línea corta que se me quedó grabada: que acompañar no es una medida del cariño, es una decisión logística que se toma turno por turno. Con eso me quedo. Si hay algo para decidir en la consulta, voy yo. Si es un control de rutina y la agenda de la cerrajería no da, mando a otro y confío en el informe que me traen de vuelta. Lo que ya no hago es dejarlo ir solo sin que nadie sepa lo que realmente pasó ahí adentro, eso, después de las dos caídas en el pasillo y de todo lo demás, lo tengo claro.