
Dos lecciones, nada más, son las que me quedaron grabadas de todo el curso de cuidado del adulto mayor que compré, y son las que repito en la cabeza cuando la noche viene fea en casa. Las demás están ahí archivadas, pero casi nunca las uso. Te cuento esto porque mi opinión sobre pagar por un servicio o una formación de cuidado de ancianos cambió bastante desde que mi viejo pasó a vivir conmigo acá en Córdoba, y prefiero desarmarla pieza por pieza, como si fuera una cerradura, en vez de venderte la idea de que alcanza con comprar algo para que todo se acomode solo.
Antes de seguir: hay enlaces de afiliado en este texto. Si alguien se anota en un curso entrando por uno de ellos, a mí me queda una comisión chica, y a quien se anota no le cambia el precio ni un peso. Solo nombro lo que de verdad pasó por mi casa mientras cuido a mi papá, nada que haya visto de afuera en una vidriera.
Lo que un curso de cuidado del adulto mayor realmente te deja
Le di vueltas un buen rato a la idea de meter algo nuevo en la rutina de mi viejo antes de decidirme; en esos días leí sobre los beneficios del acompañamiento de adultos mayores para su bienestar, y fue lo que me corrió del lugar de querer hacerlo todo solo.
Terminé comprando el curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, pensado para la casa y no para una residencia, que es justo el lugar donde arranca la mayoría de las familias. Lo que trae, en limpio, son tres bloques: armar una rutina diaria que no se desarme apenas cambia algo, moverlo de la cama a la silla sin que a mí se me resienta la espalda, y entender qué mirar antes de que una caída en el baño se transforme en una urgencia, todo pensado para la salud en casa y no para un consultorio. Nada de eso te lo explica con palabras raras, y para alguien sin un día de formación previa, como era mi caso, esa sola cosa ya vale lo que costó.
Un curso no alcanza para prescindir de ayuda a domicilio
Ahí es donde el curso se queda corto, y no por mala fe de quien lo armó. Ningún video te enseña a levantar un cuerpo que no coopera, ni te prepara para la noche en que el cansancio ya no es cuestión de ánimo sino de cuerpo. Estela Dávila, que fue vecina de la cuadra de enfrente durante años antes de mudarse a Alta Córdoba y es enfermera jubilada, no se guardó nada cuando le conté que había comprado el curso: me dijo, directo, que si no conseguía un par de horas reales de ayuda a la semana, el que se iba a terminar lastimando era yo, no mi viejo.
Por eso empecé a mirar en serio la posibilidad de sumar refuerzos reales, pensando tanto en él como en mi propio bienestar de cuidador. Entender por qué contratar el cuidado de personas mayores por horas para el hijo me sacó un peso de encima: no hace falta pasarlo a una residencia, alcanza con alguien que venga un par de horas para que yo pueda ir al taller sin estar revisando el celular cada cinco minutos.
No volvería a comprar el intercomunicador inalámbrico
Compré, además, un intercomunicador inalámbrico pensando que me iba a sacar los sustos de encima, y resultó que se cortaba justo las noches de lluvia, que son las que más necesitaba escucharlo bien. Ese gasto no se lo recomiendo a nadie: terminé confiando más en levantarme y escuchar desde la puerta que en cualquier aparato.
El andador con ruedas, en cambio, sigue ahí al lado de la puerta de su cuarto y lo uso todos los días; no voy a entrar en cuál conviene para cada casa porque eso ya lo escribí en otro lado, pero puedo decir que fue de las pocas compras de las que no me arrepiento. Tampoco hablo acá de cómo armar el pastillero semanal, ni de la resistencia que a veces pone un viejo terco cuando aparece gente nueva en su casa; eso también lo dejo para otro momento.
Un lector de Rosario me hizo ver algo que no había visto venir
Un lector de Rosario, Donato Azcona, dejó hace un tiempo un comentario largo sobre cómo organiza el pastillero semanal de su propio padre, y mencionó algo de la gestión de la medicación que a mí todavía no se me había cruzado por la cabeza. Cuidó a su papá durante años, así que cuando escribe algo, yo lo leo dos veces.
Son esos comentarios, más que cualquier curso, los que me hacen acordar que uno no tiene que saber todo de entrada. Con que sepas una cosa más que la semana pasada, ya vas bien.
Cómo se nota un día mejor, sin vueltas
Hace poco lo vi estirar la mano hacia el vaso de agua sin mirarla, con la misma soltura de antes de que todo esto empezara, y no fue mérito de ningún curso ni de ningún servicio: fue, simplemente, un día mejor que otros. Lo digo para que esto no se lea como una fórmula mágica. Nada de lo que compré le devolvió la salud a mi viejo; en el mejor de los casos, me devolvió a mí un poco de cabeza para acompañarlo mejor.
Mi opinión, para cerrar
Si estás en una etapa parecida y te cuesta encontrarle sentido a lo que hacés día tras día, lo que aprendí siendo un hijo cuidador de padres mayores en casa capaz te sirve para no sentirte tan solo en esto.
El curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio me sirvió sobre todo para lo básico que asusta los primeros días: organizar la medicación, prevenir una caída en el baño, moverlo sin lastimarle la piel. Todavía tiene una sola reseña en la plataforma, así que la calificación no es una base muy sólida por ahora, pero en mi caso puntual me dio resultado. Lo que no hace, y no tiene por qué hacer, es reemplazar al geriatra de mi viejo: esa llamada la sigo haciendo yo cada vez que algo técnico me supera.
Cuidar bien no es una cuestión de fuerza de voluntad, es encontrar la combinación justa de herramientas, como cuando una cerradura mañera finalmente cede con la llave que corresponde. Si querés ver de qué se trata lo que yo usé, podés mirar el programa de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio; para mí fue el empujón que le faltaba a esta casa para que mi viejo tenga una vejez digna y yo no me funda en el intento.