Diario del Cuidador

Cómo manejar la agresividad en ancianos con demencia tras varios episodios

2026.10.03
Hijo cuidador conteniendo con calma un episodio de agresividad de un anciano con demencia senil en casa

Cuatro episodios de furia en lo que va del mes, y recién en el último logré no gritar yo también. El tercero fue una tarde de lluvia de esas que calan los huesos antes de que arranque el invierno de verdad: estábamos en la cocina, yo cebando un mate y mi viejo mirando el patio, cuando se dio vuelta de golpe y no me reconoció. Me gritó que yo era un extraño, que qué hacía ahí queriendo robarle las herramientas. El termo de acero golpeó el piso y ese estruendo todavía me resuena en la cabeza.

Aviso esto temprano, antes de seguir: en este cuaderno vas a encontrar algún enlace a cosas que yo mismo probé, como el curso que compré el primer año. Si te anotás pasando por ahí, a mí me queda una comisión y a vos no te cuesta ni un peso más, es la posta, no pongo nada que no haya pasado por mis manos. Y ya que estamos: soy cerrajero, no médico ni enfermero, no tengo título de nada de esto. Lo que seguís leyendo es lo que un hijo solo, al lado de la pava, va anotando mientras cuida a su padre mayor. Así se mide la demencia senil en esta casa, no en estudios ni en porcentajes: en el cuidado en casa de todos los días, en la salud mental de los dos que se va desgastando de a poco, y en lo que un cuidador familiar sin un día de formación aprende a los ponchazos.

El primer golpe: cuando la demencia senil le cambia la cara a mi viejo

Mi primer error esa tarde fue tratar de razonar con él. Le decía: "pero papá, soy Ignacio, mirame", convencido de que el nombre iba a alcanzar para traerlo de vuelta. Cuanto más le explicaba, más se cerraba y más fuerte me gritaba. El neurólogo después nos puso nombre a la etapa en la que estaba entrando, sin entrar en números ni en escalas que no me toca a mí explicar; a mí me alcanzó con entender que algo adentro ya no encajaba como antes. Yo, que vivo de piezas que tienen que entrar justas en un mecanismo, no tenía ninguna herramienta para esto.

Mano de cerrajero sosteniendo un cilindro de cerradura junto a folletos sobre demencia senil

Esa noche sentí una presión rara en el pecho, como un abrazo demasiado apretado, cada vez que escuchaba el andador arrastrarse hacia mi pieza después de un grito. Vivir solo con él hace que todo pese el doble, porque no hay a quién pasarle la posta cuando el clima adentro de la casa se pone espeso. Ahí empezó, sin que yo lo supiera todavía, la cuenta de los cuatro episodios que te nombré al principio.

Esa noche también grité

El segundo episodio fuerte fue en agosto, una noche que se negó a bañarse. Me revoleó una esponja y me insultó de arriba a abajo. Yo venía de un día renegando con una cerradura blindada que no quería abrir, y en vez de aguantar, grité de vuelta: "¡soy tu hijo, dejate de joder!", como si el volumen le fuera a devolver la cabeza clara. Terminamos los dos llorando en la cocina, con un guiso quemándose de fondo en la hornalla.

Esa misma semana había comprado una silla de plástico para la ducha en el chino de la esquina, pensando que el problema era solo de seguridad y que con eso alcanzaba. A los dos meses se rajó justo cuando él estaba sentado, y tuve que sostenerlo yo de pie mientras conseguía otra, un segundo de susto que no le deseo a nadie. Ahí aprendí que no toda solución barata aguanta el uso de todos los días, y que a veces la plata que creés ahorrar la terminás pagando en sustos.

Ahí entendí que buscar ayuda de afuera no es fallar, sino tratar de que la puerta no se nos cierre encima a los dos. Volví a abrir el curso que había comprado el primer año, Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, puntualmente la lección sobre la comunicación no verbal, porque a los gritos no le estaba llegando nada. Para alguien que arrancó sin un día de formación en esto, me sirvió como primer mapa, aunque lo que de verdad importa siempre pasa primero por su neurólogo.

Lo que empezó a cambiar con el cuaderno al lado de la pava

Cuaderno de notas manuscrito de un cuidador familiar detallando el comportamiento diario de un anciano con demencia senil

Empecé a dejar un cuaderno al lado de la pava, el mismo donde escribo esto. Anoto si durmió mal, si comió poco, si hubo gritos y a qué hora del día. Ahí fue cuando entendí que la agresividad no era contra mí, Ignacio, sino contra un mundo que para él se volvió un pasillo sin salida, lo que algunos llaman agitación del atardecer, y que en esta casa se nota apenas el sol empieza a caer. También anoté, sin darme mucha manija, que el cansancio de estar siempre alerta pesa tanto como cualquier caja de herramientas, y que ningún hijo aguanta eso solo para siempre.

Entender lo que pasa con el sueño en los ancianos me sirvió más de lo que pensé, porque una mala noche era garantía de un día entero a los gritos. Cuando se despierta confundido a la madrugada, ya no intento explicarle nada: le digo que ya me voy, salgo de la pieza, dejo pasar lo que dura un mate y vuelvo a entrar saludando de nuevo, como si fuera la primera vez. A veces funciona. Otras veces no, y ahí no hay truco que valga.

Aprender a bajar la voz cuando todo en la cabeza pide subirla

Pasillo de una casa con barra de seguridad instalada y sombra de andador, parte del cuidado en casa de un anciano

Si él sube el tono, yo bajo el mío, aunque cueste un montón cuando el cuerpo pide lo contrario. Si se pone terco con algo, le cambio el tema con cualquier pavada, "¿viste cómo está el día, viejo?", o le pongo un tango bajito que lo distraiga. Saqué las alfombras de los pasillos y puse agarraderas donde antes no había nada, porque menos obstáculos es menos frustración para él y menos sustos para los dos; el andador con ruedas que usa ahora quedó apoyado contra la pared, entre su pieza y la mía, listo para cuando lo necesite. Sé que hay leyes que lo protegen a él y que también nombran algo del lado del que cuida, aunque no me puse a estudiar la letra chica, con la cabeza que tengo a la noche, me alcanza con saber que existen.

La otra tarde, sacando la basura, me cruzo con Pola Soruco, la vecina de dos casas que empezó a cuidar a su suegra hace unos meses. Nos quedamos los diez minutos de siempre hablando de cualquier cosa, y se rió de alguna pavada del cuidado con esa honestidad suya que a mí me destraba el día entero, de esas risas que no se consiguen leyendo nada, solo estando del otro lado de la vereda de alguien que entiende.

Eugenio Chacón, el vecino jubilado de la vuelta, se asomó esa semana y se quedó mirando el andador contra la pared. Me dijo que todavía se acuerda de mi viejo caminando sin eso, con paso firme, de mucho antes. No dijo mucho más, pero esa frase se me quedó pegada toda la noche.

La semana que el andador llegó solo a la cocina

Para la quinta semana de este cuaderno, una mañana escuché ese roce de goma contra la baldosa llegando solo, sin mis pasos tratando de seguirle el ritmo al lado. Me quedé parado en el pasillo con la pava recién apagada en la mano, escuchando a mi viejo llegar solo hasta la cocina. No fue una cura ni una vuelta atrás en la enfermedad, fue apenas una mañana tranquila después de semanas pesadas, pero en esta casa, una mañana así alcanza para respirar distinto.

Si estás en lo mismo, dale una mirada al curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio que mencioné antes, a mí no me hizo milagros, pero me ayudó a ordenar la cabeza en los días en que la paciencia sola no alcanzaba. Eso sí, lo que tenga que ver con la medicación, las caídas o la cabeza de él lo define siempre su médico, no un curso ni un cuaderno de notas.

La lección que me llevo de este tramo no es que le haya ganado a la agresividad, porque a eso no se le gana: aprendí a no sumarle la mía. Bajar la voz, salir de la pieza, volver a entrar como si nada, ninguno de esos gestos cura nada, pero cada uno resta un poco de leña al fuego. Y en esta casa, con un padre mayor y un hijo que aprende a los ponchazos, restar leña ya es una victoria.