
Hay una diferencia enorme entre el silencio de un viejo que duerme tranquilo y el silencio del que se aguanta las ganas de rascarse para no despertarme. Aprendí a distinguir uno del otro sin abrir los ojos, solo por cómo se mueve el colchón del otro lado del tabique. El cuidado de la piel en un adulto mayor no entra en ninguna lista de urgencias hasta que la picazón le arruina la noche a los dos: a él por las ganas, a mí por la culpa de no haberlo visto venir.
Aviso rápido antes de seguir: en este cuaderno hay un par de enlaces de afiliado, sobre todo al único curso que compré para no ahogarme el primer invierno con mi viejo. Si alguien se anota pasando por uno de ellos, a mí me queda una comisión y a vos no te cuesta ni un peso de más. Aclaro lo de siempre: no tengo enfermería ni geriatría, soy cerrajero, y esto que sigue es lo que anoto en la cocina después de que él se duerme.
¿Por qué se rasca más de noche que de día?
De día hay ruido, tele, algo para mirar, y las manos de mi viejo andan ocupadas con el mate o con el control remoto. De noche no hay nada que lo distraiga de esa picazón que le sube por las pantorrillas, y ahí empieza el rasguido contra la sábana que a mí me despierta antes que el despertador. La piel de los viejos se pone fina como una hoja de diario que ya pasó por muchas manos, se rompe con nada. Cuando entendí eso dejé de pensar que era un bicho o una alergia rara y empecé a mirar todo lo que le estaba pasando por encima a esa piel: el agua, el jabón, el aire de la pieza.
Cambiar el agua caliente por algo apenas tibio
Mi primer garrón fue el agua. Con el frío cordobés yo pensaba que un baño bien caliente lo iba a relajar, así que le daba con el calefón a fondo. Un pedazo de animal, la verdad, porque le estaba cocinando la poca grasa natural que le queda a la piel. Una tarde lo vi salir del baño rascándose con una furia que no le había visto nunca, las piernas llenas de marcas rojas. Ahí desempolvé el curso de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio que había comprado el año anterior y repasé la lección de higiene: el agua tiene que quedar apenas tibia, casi fría para nuestro gusto, porque el agua muy caliente le seca la piel de una manera que después cuesta días arreglar.
Desde esa vez ando con el termómetro de cocina, el mismo que uso para el asado cuando me quiero hacer el gourmet, metido en el agua de la bañera. No es por el número exacto, es por no pasarme, porque un par de grados de más le vuelven la noche un infierno de rascado para él y de culpa para mí. Aprendí que el cuidado de la piel también forma parte de la rutina diaria para adultos mayores en casa, porque si no duerme por la picazón, al otro día anda para cualquier lado, y ahí se te desarma toda la mañana.
El jabón y el cuidado de la piel que mi viejo no quería soltar
Mi viejo es de la vieja escuela: si el jabón no es ese blanco de lavar la ropa o uno con perfume a flores de campo que deja la piel tirante, para él no limpia. "Eso es grasa, Ignacio", me decía cuando le quería pasar un jabón líquido neutro. La posta es que esos jabones comunes le estaban rompiendo algo que no se ve, una capa que protege la piel por debajo, y ahí es donde empieza la sequedad que después se convierte en picazón. Cambiamos a uno de esos jabones sin jabón, como les dicen, y la mejora no tardó en notarse: se le fue esa escamita blanca que le quedaba en las canillas y que parecía nieve.
Después aprendí a no refregarlo con la toalla como si estuviera lustrando un paragolpe. Ahora es todo a toques, dejando que la toalla chupe el agua sin arrastrar la piel, y la crema va apenas sale del agua, antes de que se seque del todo. Si esperás a que se seque, perdiste esa humedad que había que sellar ahí mismo. Esto entra también en la prevención de llagas en adultos mayores, porque una piel reseca se lastima con nada, sobre todo si pasa horas sentado en el mismo sillón. El momento más delicado, para mí, no es el jabón: es sacarlo de la bañera con la piel mojada y jabonosa sin que se resbale, ahí se me para el corazón cada vez.
La demencia complica hasta la crema
Acá la teoría del curso se choca de frente con mi pasillo. Hay días en que a mi viejo se le va un poco la cabeza, se confunde, y ponerle crema es como querer ponerle un poncho a un gato. Una vez lo agarré queriendo probar la loción porque pensó que era yogur de vainilla. Con demencia no podés venir con el frasco y decir bueno viejo, ahora la crema; espero a que esté distraído con la tele o en ese sopor de después de almorzar. Caliento la crema entre mis manos antes de tocarlo, porque si se la pongo fría se asusta y me pega un manotazo, pero si siente el calor lo toma como un masaje. Ver cómo se le relajan los hombros y se le cierran un poco los ojos cuando el frío de la loción, ya entibiado, toca sus pantorrillas irritadas, es de lo mejor que me pasa en el día.
Pola, la vecina de dos casas que empezó a cuidar a su suegra hace poco, me para seguido cuando saco la basura y me pregunta cómo hago para que él acepte la crema sin pelear. Todavía cree que con un buen horario alcanza para que todo funcione, y yo no le digo que no, pero sé que hay martes en que ningún horario del mundo le entra en la cabeza a mi viejo. Ahí se te acumula el cansancio de cuidar, uno arriba del otro, hasta que un día explotás por algo que no tiene nada que ver con la crema. También aprendí, a los golpes, a no comprar cualquier cosa pensando que resuelve todo: la silla plástica de ducha que le compré en el chino, para que se bañara más cómodo, se le rompió al segundo mes con él arriba, por suerte sentado y sin caerse fuerte. Desde esa vez pruebo el peso antes de confiar en algo nuevo.
Achicar el aire seco para que la piel del adulto mayor no sufra
Con las tardes calurosas del mes pasado el aire de la casa se puso seco, seco, y mi viejo empezó a rascarse de nuevo aunque el agua y la crema seguían igual que siempre. Ahí me acordé de que la piel necesita algo de humedad en el ambiente, si no se pone como cartón por más crema que le pongas. No tenía plata para uno de esos humidificadores caros, así que puse unos tachos con agua lejos de los picos de gas y colgué una toalla húmeda en su pieza antes de que se acostara. Parece una pavada, pero cambia la noche.
El viernes de esa semana Eugenio, el vecino de la vuelta, se apareció con facturas como hace siempre sin que nadie se lo pida, y me encontró llenando los tachitos de agua. No preguntó mucho, dejó las facturas en la mesa de fórmica y se quedó tomando unos mates con mi viejo mientras yo terminaba. Para la semana doce ya casi no lo escuchaba rascarse a la noche, y esa misma semana vino el kinesiólogo por lo de siempre y se quedó mirando cómo mi viejo cruzaba solo hasta la puerta del pasillo, agarrado del andador pero sin mi mano en el brazo. Me dijo, así, al pasar, mientras guardaba sus cosas, que el equilibrio había mejorado. Dos noticias buenas en la misma semana me hicieron acordar que a veces las cosas mejoran juntas sin que uno termine de entender por qué.
Si hay una sola cosa que me llevo de estos meses es que el bienestar de un adulto mayor no es una sola cosa grande: es una pila de detalles chiquitos, como el agua justa o el jabón que no le arranque la piel. Hay que ir a buscar la picazón antes de que grite de noche, no esperar a que la cosa se ponga fea para cambiar algo tan simple. El único curso que compré, el de Cuidado del Adulto Mayor a Domicilio, me dio una estructura cuando no sabía ni por dónde arrancar; no reemplaza al médico ni al geriatra, pero por lo menos no arranco de cero cada vez que aparece algo nuevo.
Ahora sí, a ver si duermo un rato yo también, que mañana hay que abrir la cerrajería temprano y el cuaderno se quedó sin hojas por hoy. Cuidate, che.